¿Qué quieres ser de mayor?

De niña a la pregunta ¿qué quieres ser de mayor?, respondía: Profesora. Al mismo tiempo, jugaba en el espejo a hacerme entrevistas acerca de mi trabajo como actriz. Creo que dar clase y actuar tienen mucho en común. Al final se trata de ponerte delante de una audiencia a contar una historia. En ambas, hay un ejercicio de comprensión del mundo, del personaje, que requiere hacerse preguntas.

Cambié las suficientes veces de colegio como para sentirme “la nueva” en varias ocasiones y eso me llevó a entender lo importante que es el sentimiento de pertenecer, de formar parte. En la adolescencia, Elena, mi mejor amiga, me dijo que le gustaba ir a mi casa porque en mi familia nos reíamos mucho. A mí me encantaba ir a la suya porque allí había silencio. Aquel comentario me hizo ver lo distintos que pueden ser unos modelos de otros y que en la infancia creemos que las cosas se hacen como vemos en nuestro entorno. Por eso, considero fundamental tener la oportunidad de relacionarnos con distintas personas, para descubrir otros modelos, ver que las cosas se pueden hacer de muchas formas diferentes y sobre todo, para poder elegir.

Estudié Pedagogía, aunque a los 17 años no tenía tan claro lo que quería hacer, pensaba que estudiar acerca de la educación, me serviría para la vida en cualquier caso. Entonces estaba en un grupo de teatro, eramos chicas y chicos muy diferentes pero compartir eso tan raro de subirse a un escenario nos unía. La lista de carreras alternativas a Pedagogía que contemplaba como posibilidad, Educación Especial, Matemáticas, Bellas Artes y Arte dramático pueden dar una idea de lo claras que tenía las cosas en ese momento. A los 18 hice las pruebas de la RESAD, recuerdo salir de la prueba de interpretación y coger un taxi para hacer un examen de una asignatura de Pedagogía. No me cogieron y no volví a presentarme, pero nunca dejé de formarme como actriz, dando clases particulares, me pagaba las clases de teatro.

Uno de mis maestros más queridos es Arnold Taraborelli, su trabajo con el cuerpo y con la presencia en escena me parece maravilloso. Creo que todo el mundo debería haber ido a sus clases para no chocarse por la calle. Con él aprendí también a abrir los ojos y a ver la belleza que hay si aprendemos a mirar. Y además, amo bailar.

En la facultad, en clase de sociología recuerdo que Julio Carabaña nos contó la paradoja de Abilene. Me llamó muchísimo la atención y me hizo pensar acerca de la autenticidad de las relaciones, de lo que nos atrevemos y no a expresar, de cómo podemos fingir por complacer al grupo, por no diferenciarnos y si los demás hacen lo mismo, vivir algo que nadie deseaba por no habernos expresado sinceramente. Y lo hacemos todo para evitar diferenciarnos, debido a esa necesidad tan fuerte de pertenecer.

Ya entonces me interesaba la educación de adultos. Para mí seguir aprendiendo siempre, forma parte de la curiosidad por la vida y además, es después de la educación obligatoria, cuando podemos escoger aquello sobre lo que nos interesa profundizar y los enfoques que se corresponden más con nuestros valores y nuestra forma de ver el mundo. Me da pena que haya gente que después de una experiencia no muy satisfactoria en la educación formal, siga creyendo que ir a clase es «eso» y que es aburrido. He disfrutado muchísimo recibiendo algunas clases y he comprobado que el sentido del humor es compatible con la seriedad y la profundidad al tratar un tema.

La paradoja de Abilene

La paradoja de Abilene

En la facultad, en clase de sociología recuerdo que Julio Carabaña nos contó la paradoja de Abilene. Me llamó muchísimo la atención y me hizo pensar acerca de la autenticidad de las relaciones, de lo que nos atrevemos y no a expresar, de cómo podemos fingir por complacer al grupo, por no diferenciarnos y si los demás hacen lo mismo, vivir algo que nadie deseaba por no habernos expresado sinceramente. Y lo hacemos todo para evitar diferenciarnos, debido a esa necesidad tan fuerte de pertenecer.

Ya entonces me interesaba la educación de adultos. Para mí seguir aprendiendo siempre, forma parte de la curiosidad por la vida y además, es después de la educación obligatoria, cuando podemos escoger aquello sobre lo que nos interesa profundizar y los enfoques que se corresponden más con nuestros valores y nuestra forma de ver el mundo. Me da pena que haya gente que después de una experiencia no muy satisfactoria en la educación formal, siga creyendo que ir a clase es «eso» y que es aburrido. He disfrutado muchísimo recibiendo algunas clases y he comprobado que el sentido del humor es compatible con la seriedad y la profundidad al tratar un tema.

Descubrir lo extraordinario

Cuanto terminé la licenciatura, empecé a dar clases en distintos centros culturales y de mayores. Una de las clases que di era Habilidades sociales para unas veinticinco personas, hombres y mujeres desde los veinte hasta casi los setenta años. En aquel grupo, vi lo que quería hacer, observaba cómo les movían las dinámicas, cómo después de escuchar a otra persona, alguien nombraba que había podido comprender a su pareja, a su madre, a su hijo… Y sobre todo, me pregunté cómo puede ser que en la escuela no nos enseñen a comunicarnos, a escuchar, a expresar lo que sentimos, a ponernos en el lugar del otro.

Daba talleres de comunicación cuando conocí la teoría humanista y la escucha y decidí formarme con Antonio Guijarro que había trabajado con Carl Rogers. Aquellas clases me llevaron a cambiar mi manera de entender las relaciones, a tomar conciencia del modelo de comunicación imperante que constantemente nos envía mensajes en los que se cuestiona nuestro criterio, a ver lo que nos perdemos al relacionarnos con el otro y con nuestra voz interna, sin tratar sencillamente de comprender lo que nos están diciendo.

En creatividad fue con Rafa Lamata con quién descubrí que dos puntos en el suelo pueden convertirse en un personaje y que se trata de cómo enfocamos nuestra mirada para descubrir lo extraordinario, que al final está ahí todo el tiempo.

En 2011 creo el taller “Comunicación y relaciones personales” en Madrid y en 2014 viajo por segunda vez a Argentina y gracias a Edith realizo el taller en Buenos Aires. Desde entonces he podido formar a diversos grupos, mientras sigo aprendiendo. En 2019 realizo una formación en Comunicación No Violenta en República Checa con Adam Čajka y Katka Martínková.

Descubrir lo extraordinario

Cuanto terminé la licenciatura, empecé a dar clases en distintos centros culturales y de mayores. Una de las clases que di era Habilidades sociales para unas veinticinco personas, hombres y mujeres desde los veinte hasta casi los setenta años. En aquel grupo, vi lo que quería hacer, observaba cómo les movían las dinámicas, cómo después de escuchar a otra persona, alguien nombraba que había podido comprender a su pareja, a su madre, a su hijo… Y sobre todo, me pregunté cómo puede ser que en la escuela no nos enseñen a comunicarnos, a escuchar, a expresar lo que sentimos, a ponernos en el lugar del otro.

Daba talleres de comunicación cuando conocí la teoría humanista y la escucha y decidí formarme con Antonio Guijarro que había trabajado con Carl Rogers. Aquellas clases me llevaron a cambiar mi manera de entender las relaciones, a tomar conciencia del modelo de comunicación imperante que constantemente nos envía mensajes en los que se cuestiona nuestro criterio, a ver lo que nos perdemos al relacionarnos con el otro y con nuestra voz interna, sin tratar sencillamente de comprender lo que nos están diciendo.

En creatividad fue con Rafa Lamata con quién descubrí que dos puntos en el suelo pueden convertirse en un personaje y que se trata de cómo enfocamos nuestra mirada para descubrir lo extraordinario, que al final está ahí todo el tiempo.

En 2011 creo el taller “Comunicación y relaciones personales” en Madrid y en 2014 viajo por segunda vez a Argentina y gracias a Edith realizo el taller en Buenos Aires. Desde entonces he podido formar a diversos grupos, mientras sigo aprendiendo. En 2019 realizo una formación en Comunicación No Violenta en República Checa con Adam Čajka y Katka Martínková.

Amar las preguntas

En mi primera clase de interpretación, escuché un texto de Rilke que hablaba de amar las preguntas. Después, he tenido la suerte de entrenar con Pablo Messiez y seguir profundizando sobre el hecho de no dejar de interrogarnos. Como aquella niña que respondía a preguntas de entrevistas que ella misma se inventaba, creo que necesitamos seguir mirando la realidad con curiosidad, como si fuera siempre la primera vez que vemos algo. Necesitamos entrenar la mirada, escuchar con apertura lo que alguien quiere compartir y autoescucharnos, para recuperar nuestra esencia, esa que podemos ver en los ojos de nuestras fotografías de la infancia, esa que por mucho que hayamos aprendido a callar, persiste. Recuperar a la niña que se hacía preguntas, al niño que sin saberlo conocía las palabras de Rilke:

“Sé paciente con todo aquello que no está resuelto en tu corazón e intenta amar las preguntas en sí mismas, como cuartos cerrados o como libros escritos en una lengua extranjera. No busques ahora las respuestas que todavía no se te pueden dar porque no podrías vivirlas. Y la clave está en vivirlo todo. Vive ahora las preguntas. Tal vez, poco a poco, sin darte cuenta, en un lejano día vivirás las respuestas”.